La paz de las mujeres: el día y la noche

 

 

Estadísticamente, las mujeres en los últimos tiempos han venido llenando espacios y ocupando roles que antes eran destinados exclusivamente para los hombres. ¿Qué nos dice esto? ¿ha significado algo el que la vicepresidenta de la república, Martha Lucía Ramírez, sea mujer? ¿No es esta la reedición brutal del machismo, enquistado dentro de las élites del poder? A mi juicio creo que sí.

Digo estadísticamente porque es claro que desde el punto de vista de la calidad de la participación, todavía hoy esta se da en función de los roles del varón; es decir que la mayoría de las mujeres no logramos superar la trampa de la estructura del poder masculino. Sin duda esto valoriza más la lucha de aquellas mujeres en resistencia contra la cultura patriarcal, profundamente inequitativa.


Lo más grave es que la falsa representación de lo femenino en el poder oculta la verdadera lucha de las mujeres; que ha sido, en sustancia, la de los derechos de la humanidad entera. Estas mujeres por supuesto no nos representan, son más bien usurpadoras de una trayectoria de luchas y reivindicaciones, y reproducen la condición de poder en las sociedades patriarcales y capitalistas.


Algo va de Rosa Luxemburgo a Paloma Valencia, y de María Cano a Marta Lucía Ramírez. Las primeras representan la epopeya, el drama, la lucha por la construcción de nuevas ciudadanías respetuosas de los derechos; las segundas, guardadas proporciones, representan la comedia, la burla histórica, el envilecimiento y la capitalización de las gestas libertarias de las mujeres.

Pensar que hasta hace apenas 60 años las mujeres en Colombia no teníamos derecho al voto ni el ingreso a la universidad. Cada lucha de las mujeres ha sido progresiva y progresista, ha sido esencialmente transformadora y emancipadora, ante el duro corazón de una sociedad machista, conservadora y pacata que se resiste a transformarse.

 

No obstante, las mujeres que se han juntado para manifestarse por el derecho a la vida y a las reivindicaciones de las libertades, han parido, desde sus entrañas, grandes movimientos y procesos sociales e inspirado gestas libertarias; contrariamente a aquellas que han usufructuado sin pudor las transformaciones alcanzadas.

 

Aludiendo a las injusticias históricas o a la falta de reconocimiento en la historiografía, sabemos más de la maldición de Malinche que de la gesta de la Gaitana o de Policarpa Salavarrieta; pareciera como que la sociedad hubiese introducido una cultura política sesgada y discriminatoria, que ha confinado a algunas mujeres a la noche, a lo oculto, a lo prohibido, a lo sospechoso, a lo peligroso.

 

Indudablemente la lucha de la ciudadanía por la paz adquiere una inmensa dimensión con la irrupción de las mujeres trabajadoras, mulatas, negras, campesinas, educadoras, salubristas, indígenas. En su búsqueda, se originan movimientos como la Iniciativa de Mujeres Colombianas por la Paz, IMP, con su constituyente de mujeres, la Ruta Pacífica de Mujeres, con su consigna “las mujeres no parimos hijos para la guerra”, la Asociación Nacional de Mujeres Campesinas e Indígenas, Asodemuc, la Red Nacional de Mujeres, y otras tantas a nivel regional y municipal que han puesto el corazón, la fuerza y la inteligencia en este ya largo camino de construcción de paz en nuestro país. 

 

En cada municipio hay mujeres defensoras del territorio, del ambiente, del buen vivir, de la diversidad sexual; defensoras de Derechos Humanos, buscadoras de hijos y hombres desaparecidos, mujeres campesinas cuya participación en la economía familiar hoy es irrefutable. Todas son constructoras de paz e inequívocamente cuidadoras de la vida.

 

Las mujeres transformadoras irrumpen en el día con fuerza inusitada, dándole energía prodigiosa a los movimientos de paz, a la alternatividad política y al movimiento social. En buena hora, esa esencialidad protectora de la vida ha alimentado con su dolor, su memoria, su verdad y su alegría, los caminos de la paz: las madres de Soacha como las madres de la plaza de mayo, ASFADES, las mujeres buscadoras, las secretarías de mujeres en los sindicatos y en las administraciones.

 

Las mujeres de la noche irrumpen en el día, en la política pública, en la lucha cotidiana y gris por la supervivencia material y espiritual, en el enfoque de género de los Acuerdos de Paz de La Habana, en las mingas, en los palenques, en las marchas campesinas, en los paros cívicos. Salen de la noche como subvertoras, para llegar al día que secularmente les ha sido negado.