Pros y peros del trabajo de las mujeres constructoras de paz

 

Patricia Conde, Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio (PDPMM)

Soy pamplonesa. Decidí ir a terminar mis estudios de Administración Pública en la ESAP de Bucaramanga. Luego hice una especialización en Gestión Pública allí mismo. Por el director de mi trabajo de grado, Manuel Bayona Sarmiento, quien en ese entonces era el Subdirector Técnico del PDPMM, conocí el Programa y me empecé a vincular en el año 2002 dictando unos módulos en un diplomado con 18 municipios. Ahí conocí a los primeros líderes y lideresas del programa; gente supremamente pilosa de la que terminé aprendiendo más que enseñando. Me enamoré de la región y de las luchas de quienes arriesgaban su vida todos los días en el simple andar.

En 2005 me vinculé de lleno con el PDPMM, en San Pablo, sur de Bolívar. Me estaba yendo bien con consultorías en municipios de Santander y del Cesar cuando salió la oportunidad en San Pablo, y yo pensé, ese calor tan fuerte, y dejar a mi familia (soy mamá de 3 hijos y ahora abuela de 2 nietos), pero el amor por el trabajo social y de construcción de paz es una vocación que se lleva muy dentro.

Algo que me ha ayudado muchísimo como mujer en mi trabajo en construcción de paz es la sensibilidad, la intuición, la capacidad de escucha y de sensibilizarnos frente al dolor de los demás; en suma, la empatía de las mujeres, que nos permite acercarnos más fácilmente.

Cuando llegué yo no sabía que lo que hacía era construcción de paz. Uno empieza a darse cuenta en el camino del potencial de cada acción en la transformación de vidas. Y empecé a ver también las diferencias entre hombres y mujeres. Trabajábamos en la construcción de un espacio humanitario con los líderes y lideresas de veredas de la parte alta de San Pablo, Cantagallo y Simití (Bolívar), elaborando de manera participativa toda una agenda de trabajo, en pleno auge paramilitar. Había un 20% de mujeres y 80% de hombres. Las mujeres eran muy conocedoras de su territorio, muy dispuestas a formarse y a ayudarse entre sí para desarrollar iniciativas que fortalecieran su autonomía.

Esto, y también paradójicamente la alta victimización padecida por las mujeres en medio del conflicto generalizado en la región, las impulsó de manera imperativa a participar en escenarios de toma de decisiones. Las situaciones generadas por la pérdida, desarraigo, despojo y demás afectaciones las llevaron a asumir y a ejercer fuertes liderazgos en sus comunidades y organizaciones.

Y mientras se hacían acompañamientos a mujeres en la región, ellas iban construyendo una red que les enseñaba a las otras sobre sus derechos. Ya empoderadas, ayudaron a vincular a otras mujeres, a denunciar y a apoyarse fuertemente para superar las afectaciones sufridas.

Sigue siendo una tarea pendiente en varios municipios la formulación o actualización de la política pública de mujer y equidad de género, y que se construya de manera consensuada entre la institucionalidad y las mujeres urbanas y rurales. Básicamente falta poner en diálogo lo que las mujeres han elaborado por años, con la institucionalidad. Muchas veces las mujeres están más empoderadas que los mismos funcionarios públicos, por lo que se hace necesario capacitar y sensibilizar a los equipos de gobierno en enfoque de género para disminuir las asimetrías y fortalecer la respuesta institucional, generando un gana-gana.

La sensibilidad frente a la violencia basada en género y otros tipos de violencia contra las mujeres nos convoca a abrazarnos más como mujeres, apoyarnos entre todas para derrumbar las limitantes impuestas y replicadas por el patriarcado a lo largo de la historia de la humanidad.

Es un buen momento para mirar en la otra mujer a la compañera con la que podemos planear, y reconocernos en todo nuestro potencial, para luego sí movilizar toda esa fuerza de Construcción de Paz que nos alberga, y que influya especialmente en las apuestas de las mujeres jóvenes. Ellas tienen cada vez menos taras y cuentan con un gran potencial para desplegar un presente y un futuro que contribuya a la disminución de las brechas de igualdad, favoreciendo la participación de la fuerza de las mujeres en beneficio de una sociedad más humana e integral.