Risas, lamentos y sueños de las mujeres constructoras de paz

 

Marta Cecilia Cuesta, constructora de paz en el PDP de Córdoba y Urabá, Cordupaz

Nací en Apartadó (que significa “río de plátanos” en lengua Embera), de padres chocoanos que llegaron a Urabá buscando pista para poner a volar sus sueños. Soy licenciada en Educación Básica con énfasis en Medio Ambiente y especialista en Gestión Humana. Llegué como voluntaria en el año 2000 al espacio de la Pastoral social de la Diócesis de Apartadó, y en el 2010 me invitaron a participar en el Programa de Desarrollo y Paz para Córdoba y Urabá, Cordupaz; desde entonces hago parte del proceso de la red de pobladores. He hecho acompañamiento en proyectos con niños, niñas, adolescentes y jóvenes, también con mujeres, comunidades étnicas, y diferentes grupos poblacionales que promueve y acompaña la Diócesis a través de esta pastoral.

Las mujeres constructoras de paz tenemos un trabajo arduo que a menudo pasa desapercibido en la sociedad; es poco valorado. Las mujeres tenemos una sensibilidad especial para el acompañamiento, siempre tratamos de proteger desde las necesidades que tienen las comunidades, los pobladores y sus organizaciones. Somos apasionadas en todo lo que hacemos y más cuando se trata de cuidar y ser la voz de otros. También se convierte en un talento para la construcción de paz lo conversadoras que somos, nuestras fortalezas en la comunicación, porque podemos acercarnos más y profundizar en las acciones y procesos.

Las lideresas también hemos sido víctimas, por lo que en muchos casos tenemos cargas emocionales, a veces duelos sin elaborar; también hemos perdido seres queridos, hemos vivido desplazamientos, hemos sentido miedo, nos han vulnerado como mujeres, como seres humanos. Pero somos valientes pese a todas las dificultades; tenemos ese liderazgo innato que nos lleva a sobreponernos, dar aliento, guiar y desplegar toda la capacidad de resiliencia de la que estamos hechas.

Esa misma sensibilidad y entrega hace que justamente sacrifiquemos mucho de nuestro ámbito como mujeres. Nos metemos tanto en el ejercicio de liderar causas que a veces nos olvidamos de las propias. Y es complejo porque a veces una reacciona y mira en retrospectiva y dice “se me pasó el tiempo”; no construí un hogar, o sí hice una familia pero no le di el tiempo necesario. Nos metemos de lleno en el liderazgo y perdemos de vista el equilibrio y sincronía con lo personal.

Al ser mamás, esposas, hijas, hermanas, y trabajar en construcción de paz, las mujeres hacemos un esfuerzo aún más sentido, pues debemos dejar de lado un poco de todo y enfocarnos en el liderazgo. La sociedad debe reconocerlo más; debe destacar el trabajo de mujeres que reconstruyen tantas vidas, y debe retribuirlas mejor en lo económico. Muchas lideresas se esfuerzan por salir adelante, por seguirse formando de manera profesional, pero no encuentran mayores oportunidades. Y eso tampoco ayuda a que su calidad de vida dentro del círculo familiar mejore.

Muchas veces a nivel institucional se encuentran limitaciones, como por ejemplo la titulación y promoción; es un tema que hemos discutido ampliamente en la red de pobladores, que si bien como líderes podemos tener un bagaje, una experiencia y un saber importante, las redes se han quedado cortas para hacer la gestión de certificar ese conocimiento, para que los líderes y lideresas tengamos más posibilidades.

Sigue pasando que por ejemplo en el territorio hay una lideresa experta en un tema, pero no tiene un título que lo certifique, y cuando se presentan oportunidades laborales en el territorio traen una experta de afuera con título y la contratan. Esto no ayuda en la promoción de los líderes para alcanzar estados que dignifiquen su labor y a sus familias.

Se necesita una apuesta mucho más clara en la forma como se impulsan los liderazgos y se reconoce el aporte de las mujeres en la construcción de paz; tan valioso, constante, continuo, apasionado y sensible. Se necesitan proyectos y programas que inyecten recursos, asesorías técnicas y visibilicen a las lideresas constructoras de paz en el fortalecimiento de iniciativas económicas, productivas y educativas, que no solo den pista para poner a volar nuestros sueños, sino que también nos pongan combustible, pues el itinerario ya lo tenemos claro. “La vida querida” es la meta.